Poesia española del siglo de oro
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Antología
Los seis autores que aparecen representados en esta antología constituyen el compendio esencial de la lírica española de los siglos XVI y XVII, período conocido como el Siglo de Oro de la cultura española. El año 1588 tiene un significado simbólico en esta cronología: la destrucción de la Armada “Invencible” de Felipe II divide en dos mitades esta época dorada. La primera, correspondiente al siglo XVI, puede identificarse, en términos generales, con el Renacimiento español y coincide con el esplendor militar, económico y político del imperio. La segunda mitad, el siglo XVII, señala el declinar marítimo y comercial, así como el de la hegemonía española en Europa. Es el siglo del Barroco artístico y literario.
Con cierta simetría, los tres primeros nombres de la antología —Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz— representan la etapa inicial, mientras que los otros tres —Lope de Vega, Góngora y Quevedo— lo son de la segunda.
Con Garcilaso de la Vega (1501–1536) se inicia en España la lírica renacentista de influencia italiana. Con él comienzan a adaptarse al español nuevas formas métricas y estróficas, como el endecasílabo, el soneto y la octava. Nuevos temas y convenciones poéticas reemplazan la sensibilidad medieval por maneras más modernas de pensar y de sentir: la canción amorosa a la manera de Petrarca idealiza a la mujer amada y espiritualiza el impulso amoroso; la égloga expresa, mediante el artificio del amor pastoril, una visión utópica de la naturaleza como refugio frente a la vida falsa de la ciudad o de la corte.
Los fragmentos de la Primera égloga, seleccionados para esta antología, pueden considerarse una introducción inmejorable a la música del verso castellano y al conjunto de imágenes y tópicos con que la poesía del Renacimiento transformó la naturaleza y el paisaje en belleza idealizada. Los dos sonetos incluidos muestran los pasos casi primerizos de esta forma en español. En ellos se encuentran algunos de los versos de amor más célebres de nuestra lengua, como “Oh dulces prendas por mi mal halladas / dulces y alegres cuando Dios quería” o “Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su medida”, que pertenecieron hasta hace poco a la memoria colectiva.
En Fray Luis de León (1527–1591) reaparece el tópico renacentista de la vida retirada, aunque ya no ligado al tema amoroso, sino a una actitud contemplativa y filosófica. Así como Garcilaso es el poeta militar, la conjunción ideal de la pluma y la espada propia del Siglo de Oro de la España guerrera, Fray Luis de León es el primero de los poetas doctos: intelectual y profesor, cuya poesía es la música de la meditación.
Su oda Vida retirada es probablemente el poema más célebre de la lengua española, y su estrofa inicial se ha incorporado, verso por verso, al habla cotidiana, incluso hoy, cuando ya muy pocos conocen a su autor. La alabanza de la soledad en la naturaleza, la actitud estoica frente a la codicia y el afán de honores públicos, así como la exaltación de la dorada medianía o aurea mediocritas, son temas heredados de la tradición clásica, especialmente de Horacio. El otro poema seleccionado para esta antología, A Francisco Salinas, es un canto a la música, en el que se desarrolla un motivo crucial en el pensamiento poético de Fray Luis: el origen divino de la música y su poder para recordarnos el origen igualmente divino del alma.
San Juan de la Cruz (1542–1591) es el poeta por antonomasia de la experiencia inefable y, por ello mismo, el favorito de simbolistas posteriores como Mallarmé y Valéry. Sin embargo, es también un poeta renacentista, heredero de la tradición italiana, en síntesis con otra herencia poética anterior: la bíblica del Cantar de los cantares. Su lenguaje amoroso, aunque de carácter místico, proviene de las mismas fuentes que el de Garcilaso. Ese instrumento literario, ya plenamente perfeccionado, lo pone San Juan al servicio de su experiencia interior.
Sus dos grandes poemas, Cántico espiritual y Noche oscura, se cuentan entre los más altos logros de la poesía en lengua española. Aunque remiten a una experiencia de origen místico, el resultado es pura poesía. Como afirma Jorge Guillén: “Si se los lee como poemas, y eso es lo que son, no significan más que amor, embriaguez de amor, y sus términos se afirman sin cesar humanos. Ningún otro horizonte poético se percibe”. No obstante, San Juan concibió estos textos como poemas alegóricos. El sentido literal del Cántico espiritual —la separación de los amantes, la búsqueda, el itinerario del deseo— remite a un sentido implícito teológico: las tres vías (purgativa, iluminativa y unitiva) que recorre el alma hasta alcanzar el matrimonio espiritual con Cristo. Salida, búsqueda ansiosa y encuentro son también los momentos alegóricos de la Noche oscura. San Juan escribió comentarios en prosa para explicar ambos poemas; sin embargo, el consejo de Guillén sigue siendo hoy la mejor guía de lectura: leerlos como poesía de la experiencia amorosa, sin atender a instrucciones de desciframiento teológico.
Luis de Góngora (1561–1627) es un poeta de dos rostros casi opuestos: el poeta hermético, autor de largos poemas accesibles sólo a través del comentario crítico y la paráfrasis, y el poeta popular y humorístico, que escribe de amores, sátiras y burlas en formas tradicionales como el romance y la letrilla. Muchos críticos han intentado demostrar que estas facetas no son irreconciliables. Sin embargo, su fama sigue siendo la de un escritor bifronte, y pocos lectores se aventuran en las Soledades o en el Polifemo.
En ambos casos, Góngora es el genio del lenguaje, el maestro de la exuberancia verbal. Para él, el lenguaje es un fin en sí mismo, y la poesía, un lenguaje dentro del lenguaje: un objeto construido como juego y enigma. El soneto Mientras por competir con tu cabello es una variación típicamente barroca del tópico horaciano del carpe diem. Su poesía celebra con frecuencia el placer, siempre en contraste con la fugacidad de la vida y la inminencia de la muerte. La letrilla Ándeme yo caliente y ríase la gente retoma el tema de la vida retirada, ya tratado por Fray Luis, pero desde un tono humorístico y más epicúreo que estoico, tan irónico que deja abierta la duda de si la sátira no se dirige contra el propio lugar común.
Lope de Vega (1562–1635) reúne en su obra las tres grandes vertientes del lenguaje literario del Siglo de Oro: la canción popular, la retórica clásica y el estilo culterano, que él mismo detestó en Góngora, aunque no pudo eludir del todo. Cultivó tanto las formas italianas como las tradicionales españolas. Fue, según Octavio Paz, el más rico y original de los poetas de su tiempo: “en la acepción literal de la palabra, el verdadero original es Lope: su poesía nace de lo más elemental y primordial”.
El poema Ya la temida parca es una elegía escrita con un ritmo tan natural y un lenguaje tan sencillo que parece pronunciada en voz baja. En el soneto Esta cabeza, cuando viva, tuvo reconocemos un tema netamente barroco: la meditación ante una calavera sobre la muerte y la belleza perdida, que recuerda escenas de Hamlet y varias pinturas de la época.
Francisco de Quevedo (1580–1645) es, por excelencia, el poeta metafísico del Siglo de Oro español. Sus poemas sobre el tiempo, la muerte, el amor y la fugacidad se leen hoy como grandes meditaciones poéticas e intelectuales. Sus textos satíricos constituyen la otra cara de la misma inquietud: grotescos, exagerados hasta la caricatura, pesimistas y enamorados del desengaño, sostienen una tensión moral y política soterrada, incluso en medio de la procacidad de su lenguaje.
Amor constante más allá de la muerte es quizá el soneto amoroso más conocido de la poesía española. La dificultad de sus juegos verbales no impide que el lector quede atrapado por la fuerza sonora y conceptual del último terceto. La letrilla Poderoso caballero es don Dinero ilustra un tema recurrente del Siglo de Oro: el significado moral del dinero. Como Shakespeare, Quevedo subraya su efecto nivelador, pero censura la falsa igualdad que borra todos los valores para sustituirlos por apariencias. El dinero aparece como un poder que todo lo avasalla. La segunda estrofa resume, casi como una lección de historia económica, el recorrido de la riqueza americana: nace en las Indias, muere en España y termina enterrada en las arcas de los banqueros genoveses. Aunque su crítica mantiene un tono moralista conservador, no pierde por ello vigencia ni actualidad.
David Jiménez Panesso, 2002
Antología
Colección: Señal que Cabalgamos
Número 20
N.° de páginas: 49
Año de edición: ©2002
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