Viaje a la semilla

Viaje a la semilla

© 2003

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Alejo Carpentier, Autor

 

Viaje a la semilla fue publicado en 1944 y corresponde al período inicial de la obra de Alejo Carpentier. En 1933 había publicado su primera novela, Ecué-Yamba-O. En la década de los cuarenta escribe su famoso estudio La música en Cuba, publicado en 1946, la novela El reino de este mundo (1949) y los cuentos que recoge luego en el volumen titulado Guerra del tiempo, al cual pertenece Viaje a la semilla. Para entonces, Carpentier ya había vivido la experiencia de la vanguardia europea, sobre todo por su contacto con el movimiento surrealista, durante los doce años de permanencia en París, hasta 1939. El interés predominante en sus comienzos por la cultura afrocubana se dirige luego, en los años cuarenta, hacia la idea más amplia de una cultura latinoamericana, producto de la fusión de distintas razas y culturas que conforman una realidad histórica nueva. La misión del intelectual consistirá, para Carpentier, en la búsqueda de una conciencia, una identidad y una tradición autónomas.

Viaje a la semilla corresponde, en parte, a las inquietudes anteriormente enunciadas. Es un cuento de apariencia compleja y de lectura ardua al comienzo. El estilo del autor, extraordinariamente rico en arcaísmos y mimetizado con el barroquismo de la época colonial a la que se refiere el relato, es uno de los valores fundamentales del texto y una de las causas principales de su dificultad. La estructura temporal de la narración constituye un escollo apenas aparente, que el lector atento logra superar muy poco después de iniciada la lectura.

En síntesis simplificada, la historia que aquí se narra es la vida de Marcial, Marqués de Capellanías, contada retrospectivamente, de la muerte al nacimiento o, más exactamente, al útero. Resumida de esta manera, parecería reducirse a un mero subterfugio del narrador. Pero no es así. En el relato, la vida no sólo se narra hacia atrás, sino que de verdad transcurre hacia atrás. Lo que se cuenta es precisamente un viaje a la semilla, al origen. Y todo eso ocurre por efecto de la magia africana, cuyo responsable es un negro viejo cuyos gestos y conjuros realizan la maravilla, que dura exactamente una noche.

Mérito del narrador son los continuos alardes de imaginación con los que hace sentir al lector que verdaderamente el tiempo va en retroceso. Por ejemplo, cuando el médico mueve la cabeza con desconsuelo profesional junto al lecho del marqués agonizante y, de inmediato, el enfermo se siente mejor. O cuando afirma que los esposos se dirigieron a la iglesia a recobrar su libertad. La gran fiesta ocurre cuando el marqués alcanza la minoría de edad, su firma deja de tener valor legal y los tribunales ya no son esos sitios temibles que amedrentan a los adultos.

Con el tiempo en retroceso, los muebles crecen, los sillones se vuelven más hondos y el piso vuelve a ser el lugar de los juegos, desde donde se descubren misteriosos caminos de insectos y rincones de sombra. Una vez que olvida lo aprendido en la escuela, su mente se alegra y se aligera, pues admite sólo una visión instintiva de las cosas. Vuelve a ser amigo de los perros, de las lagartijas, de los gansos y de los ratones, y cuando llega a hablar con ellos el mismo idioma, alcanza la libertad.

El regreso a lo instintivo como camino a la libertad, la afirmación de la magia y la comunicación inmediata con lo natural conforman una especie de sustrato ideológico del cuento. Carpentier sostuvo, desde los comienzos de su carrera intelectual, un cierto utopismo primitivista, según el cual la nueva cultura hispanoamericana se diferenciaría de la vieja cultura europea si lograba mantenerse ajena a las trabas racionalistas y a la tiranía del tiempo lineal. El autor reivindica lo maravilloso como un principio trascendente, un rasgo definidor del ser hispanoamericano.

Sin embargo, Viaje a la semilla puede leerse sin necesidad de impregnarlo de tales presupuestos ideológicos. No es la verdad o el error de la doctrina lo que hace mejor o peor la obra literaria. Si lo maravilloso sigue vivo entre nosotros, los hispanoamericanos, cuando ya ha muerto en el resto de Occidente, o si se trata de una falsa perspectiva europeizante que nos obliga a descubrir la alteridad en lo primitivo, es algo debatible y ya pocos están dispuestos a volver sobre el tema. No por eso pierde la narrativa su derecho a la invención fantástica. Tal vez la literatura no sirva para resucitar el nexo mágico entre la escritura y el cosmos, pero siempre podrá inventarlo, y es lo que hace Carpentier en Viaje a la semilla.

Alejo Carpentier nació en La Habana, en 1904, de padre francés y madre rusa. Inició estudios de arquitectura en la Universidad de La Habana, pero los abandonó para dedicarse al periodismo. Estuvo nueve meses en prisión, en tiempos del dictador Gerardo Machado, acusado de comunista. Vivió en París desde 1928 hasta 1939. En 1937 estuvo en España, donde asistió al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en compañía de intelectuales destacados como André Malraux, Pablo Neruda, César Vallejo y Octavio Paz. Durante catorce años, entre 1945 y 1959, residió en Venezuela. En 1953 apareció su novela Los pasos perdidos. Regresó a La Habana tras el triunfo de la Revolución. Su novela más importante, El siglo de las luces, fue publicada en 1962. Cuatro años más tarde, con un cargo diplomático, volvió a París, donde murió en 1980.

 

David Jiménez Panesso, 2002

 

 

 

Alejo Carpentier, Autor

Colección: Señal que Cabalgamos

Número 18

N.° de páginas: 25

Año de edición: ©2003

 

 

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