¿Por Qué la Guerra?
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Albert Einstein y Sigund Freud, Autores
Las reflexiones sobre la guerra legadas a la humanidad por Einstein y Freud son el producto de un intercambio epistolar entre estos dos grandes pensadores del siglo XX. Las cartas, escritas en 1932, se publicaron en varios idiomas en París al año siguiente; en Alemania, donde ya se sentía el yugo del nazismo, fue prohibida su circulación. Para entonces, Einstein y Freud habían vivido los horrores de la Primera Guerra Mundial y se enfrentaron a sus estragos; además, sufrían en carne propia la persecución nazi por su ascendencia judía, circunstancia que más tarde los obligaría a exiliarse: Einstein en Estados Unidos (1933) y Freud en Inglaterra (1938).
Einstein le escribe a Freud invitándolo a discutir sobre los motivos que llevan al hombre a la destrucción a través de las guerras. Le preocupaba la expansión de estas bajo pretextos religiosos, sociales, raciales, etc., así como el carácter devastador que tomaban con las nuevas armas fabricadas y con su internacionalización. En su carta plantea varias preguntas referidas, ante todo, al sometimiento de la mayoría por una minoría ambiciosa de poder; al entusiasmo que despliega en los participantes el grito de guerra; y a la posible existencia de formas educativas y de control social con la esperanza de atenuar, o más aún, de detener las confrontaciones armadas. A medida que expone sus interrogantes, va vislumbrando algunas respuestas. Insta a Freud a ese diálogo por reconocer en él una autoridad intelectual y científica en lo que respecta a la vida anímica del ser humano.
Freud responde a esa invitación tomando cuidadosamente cada uno de los puntos señalados por su interlocutor. Coincide en lo fundamental con los planteamientos presentados por Einstein y avanza en su explicación introduciendo, de modo lúcido y con gran habilidad de síntesis, puntos básicos de la teoría psicoanalítica de suma pertinencia para el examen solicitado, como la teoría de las pulsiones. Analiza diversas posibilidades para el control de la guerra e introduce las dificultades que presentan, reconociendo en su idealización el carácter utópico e irrealizable. Señala la imposibilidad de suprimir las pulsiones de destrucción o de muerte, pues estas, en conjunción con las pulsiones eróticas, son responsables de los acontecimientos vitales. El máximo logro frente a ellas es intentar atenuarlas o desviarlas para que su expresión no sea el aniquilamiento humano ni la ruina cultural, sino su inclusión en el empuje constructivo hacia la civilización. Después de las cavilaciones expuestas y con el temor de desilusionar a Einstein por no encontrar nada seguro contra la guerra, concluye que “todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.
Albert Einstein nació en Ulm (Alemania) en 1879 y murió en Princeton (Estados Unidos) en 1955. Consagró su vida al estudio de la matemática y de la física, transformando radicalmente la concepción newtoniana del tiempo, del espacio y de la gravedad, considerados como absolutos e independientes de las circunstancias. Introdujo las teorías especial y general de la relatividad, en las que la experiencia, la velocidad o la masa son determinantes; planteamientos que lo hicieron merecedor del Premio Nobel de Física en 1921. Se le reconoce por su excepcional talento y por su capacidad de profundizar en los problemas y en las fórmulas, descifrando sus principios básicos.
Horrorizado por las guerras y la persecución a los pueblos, principalmente al pueblo judío, trabajó con ahínco por la pacificación y el desarme. Fue consciente del avance armamentista, de las posibilidades brindadas por la ciencia y de sus peligros para la humanidad. Sufrió mucho al saber que sus descubrimientos fueron utilizados para la fabricación de la bomba atómica, lo cual lo llevó a no cesar en recordarles a los científicos la responsabilidad que debían tener al respecto. Su relación y arraigo con el pueblo judío fue muy fuerte, a tal punto que en 1952 le ofrecieron la presidencia del nuevo Estado de Israel, propuesta que rechazó.
Sigmund Freud nació en 1856 en Freiberg, pueblo de Moravia perteneciente al Imperio austrohúngaro, y murió en 1939 en Londres, un año después de haber tenido que escapar del nazismo. Gran parte de su vida transcurrió en Viena. Estudió Medicina y se especializó en neurología, con una formación y disciplina científicas muy rigurosas. Su pasión por develar los secretos del alma humana lo llevó a descubrir el inconsciente y el método para reconocerlo: el psicoanálisis. Con su teoría se transformó la concepción del hombre como dueño de sí mismo, en tanto que, además de sus deseos conscientes, se lo supo gobernado por deseos inconscientes que lo determinan; también se modificó la concepción de la sexualidad. Freud descubrió la sexualidad infantil y su importancia fundamental en el establecimiento de deseos, identificaciones y formas de amar y de sufrir.
Al escribir la carta que analiza los motivos de la guerra —siete años antes de su muerte— Freud ya había desarrollado los planteamientos centrales de su teoría y había escrito textos cruciales en los cuales expuso su pensamiento: Interpretación de los sueños (1900), Tres ensayos sobre teoría sexual (1905), Introducción al narcisismo (1914), Más allá del principio del placer (1920), Psicología de las masas y análisis del yo (1921) y El yo y el ello (1923), además de sus grandes casos clínicos y sus escritos sobre el método psicoanalítico, entre otros. También se había ocupado de estudiar y escribir sobre la cultura, al considerarla fundamental en la constitución del psiquismo humano. En ese sentido escribió El porvenir de una ilusión (1927) y El malestar en la cultura (1930). En 1915, en plena Primera Guerra Mundial, elaboró su primer texto sobre la guerra: Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte.
Carmen Lucía Díaz L, 2002
Albert Einstein y Sigund Freud, Autores
Colección: Señal que Cabalgamos
Número 12
N.° de páginas: 34
Año de edición: ©2002
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