El Ãgora
A esto se podría objetar, ¿por qué no firmar y respaldar con nombre propio un concepto evaluativo? ¿Cuál es el temor de hacerlo? Esto es lo que se conoce como evaluación abierta, por contraposición a la evaluación anónima. Es conveniente hacer unas precisiones.
Primero, no parece que se trate de temor a firmar o responder como evaluador; hay que reconocer que hay géneros especiales de producción en los que no puede faltar la firma, tales como reseñas críticas, discusiones, presentaciones, en fin, confrontaciones abiertas. La pregunta es, entonces, si una evaluación es lo mismo que una crítica o confrontación abierta, y la respuesta parece ser negativa. Un evaluador, rival teórico de su evaluado, no tiene por qué entrar en discusiones y diferendos entre sus puntos de vista; para ello lo más conveniente sería esperar al estadio de la reseña crítica o simplemente a contestar con otro artículo (el cual también será evaluado anónimamente por un par). Lo que se pide al evaluador es otro tipo de consideraciones que atañen a la estructura, orden, claridad, manejo de fuentes, estado del arte, en fin a consideraciones relativas más a la calidad del producto según ciertos criterios formales predefinidos que al contenido propiamente dicho. Sin embargo, no hay que descartar consideraciones relativas al contenido por parte de un evaluador, precisamente cuando éstas conciernen a su relevancia o pertinencia en un congreso o en el área representada por una revista; tampoco hay que desconocer que los límites entre, digamos, forma y contenido no son tan nítidos como normalmente se piensa.
Segundo, hay que ponerse en el lugar, alternativamente, del evaluador y del evaluado, para darse cuenta que el problema no tiene que ver con temor a firmar o con la cobardía de parapetarse tras el anonimato para poder dar un concepto. Es muy satisfactorio, para quien somete su producto a evaluación, saber que quien lo evalúa lo hace solo sobre la base del producto visible: el evaluador no sabe si es mayor o menor, mujer u hombre, con doctorado o sin doctorado, de la propia universidad o extraño a ella. Para el evaluador es, por su parte, muy cómodo ahorrarse todas esas posibles diferencias como posibles distractores y fuentes de prejuicios que definitivamente afectan, aunque no siempre lo reconozca, su impresión y su concepto; se atiene sólo al producto y punto. Por otra parte, hay que tener en cuenta la comodidad que significa también para quien evalúa el permanecer incógnito para el evaluado. El anonimato, así, no solo nos desdibuja hasta desvanecer al autor, reduciéndolo a mero producto, sino que a la vez nos desdibuja a nosotros mismos hasta desvanecernos y convertirnos en mero instrumento de control de calidad académica (por fuerte que suene esa manera de hablar), al margen de nuestras preferencias, simpatías, aversiones, etc., incluso al margen de nuestras propias opiniones expertas. Nuestro punto de vista, desde donde ejerceríamos la interlocución, queda suspendido, para dar paso únicamente a nuestra capacidad y destreza de enjuiciar el producto en su calidad según el estándar acordado. En una conversación informal llegó a caracterizarse esta satisfacción del anonimato de ida y vuelta en los procesos de evaluación como cierta perversión que tiene un atractivo similar al de los encuentros románticos anónimos; debo decir que encuentro la analogía bastante afortunada.
¿Quién es el mejor evaluador? Uno podría pensar que es quien más rechaza, es decir quien tiene los más altos estándares de exigencia; pero el rechazo no es lo que se busca, sino la mejor admisión posible, para lo cual es indispensable que el evaluador brinde recomendaciones para optimizar el artículo, señale obstáculos a superar, en fin, que suministre indicaciones que orienten al autor tanto en las razones por las que fracasa su texto como en los medios para mejorarlo.
Y, ¿quién el mejor evaluado? A primera vista sería quien reciba menos observaciones para cumplir el estándar exigido. Pero también podría ser quien recibe la mayor retroalimentación para la optimización de su producto y, a la vez, asume las recomendaciones o está dispuesto a replicarlas.
Sería muy ingenuo creer que los procesos de evaluación se atienen solamente al control de calidad de la producción científica y académica y que como tales están en condición de cumplir su cometido. Estos procesos de evaluación, en la medida en que de ellos depende la calificación de los autores evaluados (la cual a su vez es factor que determina la adjudicación de becas, premios y fondos para la investigación), tienden a ser utilizados como medios de poder que no están exentos de competencia desleal.
Hay que tener en cuenta que la noción de ‘par’ admite por lo menos dos acepciones: la absoluta y la relativa. En muchas comunidades científicas y académicas ser par se define simplemente como el derecho a evaluar junto con el deber de someterse a evaluación, sin más. Pero en algunos ámbitos de la ciencia se reclama cierta jerarquía, de manera que las personas de mayor prestigio se rehusarían a ser evaluadas por otras de menor impacto dentro de la comunidad; incluso habría quienes reclaman la imposibilidad de ser evaluadas por considerar que no tienen par, unas veces por su prestigio, otras por ser únicas expertas dentro de su especialidad. Esto se pone de manifiesto cuando se invita, por ejemplo, a un Premio Nóbel a contribuir en una revista; digamos que su jerarquía lo impone como ‘inevaluable’ (no parece que se corra riesgo alguno con personas que ya han colmado sus habilidades a fuerza de haberse sometido a evaluación durante gran parte de su vida). Es cierto que también hay casos en que no hay el experto evaluador; lo cual, creo, no debe ser óbice para que se proceda formalmente con la evaluación por parte de otro experto de área cercana.
Evaluadores ad honorem. Una de las más frecuentes objeciones al sistema de evaluación entre pares se relaciona con la demora; lo cual es entendible cuando recordamos que estos procesos de evaluación en general no son pagos y que los hacen los pares en la medida en que puedan dedicar tiempo restante de sus labores rutinarias. Esto puede generar una malsana indulgencia que termina por afectar el proceso de publicación y por convertirlo en un mero trámite burocrático. Pero en la medida en que la evaluación de pares se sale del marco de la propia institución, es decir, en la medida en que se trata de pares de distintas instituciones, países, etc., una tal indulgencia solo produce el desprestigio del evaluador ante sus pares, pues ya no se puede pensar que en niveles internacionales se reproduzca lo que domésticamente caracterizamos como el ‘yo te evalúo, tu me evalúas’. Si a esto añadimos el carácter anónimo de la evaluación, que en lo doméstico tiende a ser apenas un remedo (pues siempre termina por saberse quién evalúa y quién es el evaluado), podemos pensar que lo burocrático y lo formal de la evaluación pasa a segundo plano, siendo lo central ahora el producto académico mismo. Esto último está en estrecha conexión con algo que parece resolver el problema de la falta de pago para los evaluadores y la consecuente demora en los procesos: los pares se definen por su afinidad temática y no por su pertenencia a la misma institución; lo cual debe hacer que los mismos pares, en la medida en que representan su especialidad o su disciplina, se sientan de alguna manera comprometidos con el lugar que ocupan dentro de ella, en impacto, productividad y reconocimiento, en los diversos niveles, local, nacional, regional, o internacional.
Es, pues, parte de representar a su institución o grupo en la especialidad el estar disponible para evaluaciones de pares, así como sentirse de alguna manera halagado por el reconocimiento que ello entraña, cuando se lo nomina como par evaluador. Si estas consideraciones son en su mayoría razonables, se podría pensar que la cuestión del pago para toda evaluación pasa a ser obviada, considerándoselo sólo necesario para algunos casos.
Gonzalo Serrano
Departamento de Filosofía
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